sábado, 10 de junio de 2017

Dos sexos, dos cerebros - DiarioMedico.com

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EL ESCANER

Dos sexos, dos cerebros

Mujer y hombre, Venus y Marte, dos planetas complementarios, con anatomías diferentes y también con cerebros peculiares que los estudios neuroanatómicos han empezado a diseccionar.
por José Ramón Zárate   |  10/06/2017 10:00
 
 

Dos sexos, dos cerebros
En su afán nivelador e igualitarista, la quisquillosa corrección socio-política que se ha ido instalando en los últimos años amenaza no solo la libertad de expresión sino hasta evidencias científicas. Un asunto tan visible como las diferencias entre sexos se interpreta ahora en algunos ámbitos como imposición cultural, de tradiciones ya superadas, no como condición biológica. El sexo no sería por tanto una determinación de la naturaleza sino un estado mental, maleable y alterable en función de poderosos sentimientos o sensaciones perturbadoras. Lógicamente, esas diferencias no influyen en la igual dignidad de unas y otros, pero sí en la musculatura y en las marcas deportivas, en la complementariedad reproductiva, en la sensibilidad artística, en los intereses televisivos, en el procesamiento de las emociones y hasta en los modos de enfermar: ellas padecen más Alzheimer, sus ataques cardiacos son más graves y complicados, su sistema inmune les hace más vulnerables a ciertas enfermedades alérgicas, y sus tumores de colon se localizan en lugares distintos que en los varones.
En el último número de la revista Stanford Medicine, Bruce Goldman recuerda la polémica que suscitó en los años noventa el libro Sex Differences in Cognitive Abilities, de Diane Halpern, entonces presidenta de la American Psychological Association y hoy profesora emérita del Claremont McKenna College. Halpern, en contra de lo que pensaba, descubrió que los estudios en animales no dejaban de informar sobre las diferencias neuroanatómicas y de comportamiento asociadas con el sexo, pero tales observaciones se arrinconaban enseguida, al no coincidir con los deseos de los psicólogos y sociólogos dominantes. “Hay demasiados datos que apuntan a la base biológica de las diferencias cognitivas basadas en el sexo. En un estudio con 34 monos Rhesus, por ejemplo, los machos preferían los juguetes con ruedas a los de felpa, mientras que las hembras se lanzaban a por los muñecos de felpa. Sería difícil argumentar que los padres de los monitos y monitas les compraban juguetes según el sexo de sus vástagos o que la sociedad simia anima a los machos a jugar con armas. Y un estudio más reciente concluye que los niños y niñas de 9 a 17 meses de edad -época en la que apenas reconocen el sexo propio- muestran diferencias marcadas en su preferencia por los juguetes estereotípicamente masculinos frente a los más femeninos”.
Los científicos igualitaristas y asexuados califican de neurosexistas a los colegas que aseguran que las diferencias biológicas y cerebrales entre sexos contribuyen a disparidades en el comportamiento y la cognición. Halpern enumera algunas de ellas: en promedio, las mujeres sobresalen en habilidad verbal, comprensión lectora y capacidad de escritura, y superan a los hombres en pruebas de coordinación motora fina, memoria a largo plazo y velocidad perceptiva; los hombres, por su parte, dominan la memoria de trabajo y las habilidades visoespaciales, como el seguimiento de objetos en movimiento y la orientación.
Muchas de estas diferencias cognitivas aparecen muy temprano en la vida. “En bebés de 2 y 3 meses de edad -dice Halpern- las niñas responden más fácilmente a las caras y comienzan a hablar antes; los chicos reaccionan antes a las discrepancias perceptivas inducidas experimentalmente en su entorno visual; ya de adultos, las mujeres permanecen más orientadas a las caras, y los hombres a las cosas”.
La larga lista de tendencias conductuales en las que las relaciones hombre-mujer están desequilibradas se extiende a trastornos cognitivos y neuropsiquiátricos. Las mujeres son dos veces más propensas a experimentar depresión clínica y trastorno de estrés postraumático; y los hombres están dos veces más inclinados a convertirse en alcohólicos o drogodependientes, tienen un 40 por ciento más probabilidades de desarrollar esquizofrenia, diez veces más tasa de dislexia y son cuatro o cinco veces más propensos al autismo.
“La literatura neurocientífica muestra que el cerebro humano es un órgano de tipo sexual con diferencias anatómicas en las estructuras neurales y con su repercusión en las funciones correspondientes”, dice Larry Cahill, profesor de Neurobiología en la Universidad de California en Irvine, que ha dirigido un informe especial publicado en enero de este año en el Journal of Neuroscience Research y dedicado a la influencia del sexo en el sistema nervioso. Los estudios de imágenes cerebrales indican que estas diferencias se extienden mucho más allá del dominio estrictamente reproductivo, explica Cahill. Así, el hipocampo de una mujer, crítico para aprender y memorizar, es más grande que el de un hombre y funciona de manera distinta. Por el contrario, la amígdala de un hombre, asociada con la experiencia y el recuerdo de las emociones, es más grande que la de la mujer, y también funciona de manera particular, según las investigaciones de Cahill.
Como es sabido, las mujeres conservan recuerdos más fuertes y vivos de los acontecimientos emocionales. Los dos hemisferios del cerebro femenino hablan entre sí más que los de un hombre, según comprobó un estudio de 2013 de la Universidad de Pensilvania, publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences, con imágenes cerebrales de 428 hombres y 521 mujeres: el cerebro de ellas mostró una actividad más coordinada entre los hemisferios, mientras que la actividad de los varones se circunscribía más a regiones cerebrales locales. El estudio confirmaba que el cuerpo calloso -la sustancia blanca que conecta los hemisferios- es más grande en las mujeres, cuyo cerebro tiende a una mayor simetría bilateral. En cierta medida, “estas diferencias cerebrales tienen que traducirse en diferencias de comportamiento”, deduce Cahill.
Las hormonas específicas de cada sexo actuarían no solo en los órganos reproductivos sino también en los cerebros. Sin olvidar la configuración cromosómica XX y XY. Si la presencia o ausencia de un único par de bases de ADN conduce a un trastorno genético, ¿cómo despreciar el influjo de un cromosoma?, se pregunta Nirao Shah, neurobiólogo de la Universidad de Stanford en California. Justo el mes pasado, un equipo del Instituto Weizmann, en Israel, publicaba en BMC Biology la identificación de 6.500 genes expresados de forma distinta en hombres y mujeres tras un rastreo en 500 genomas del proyecto GTEx: desde el vello de la piel a las fibras musculares o a las células adiposas.

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